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Los jugadores, aunque ‘trabajen’ de futbolistas, son personas. Salvo excepciones, no son hinchas de la camiseta que defienden, y tampoco se puede exigírseles eso. Son profesionales. Por ello es comprensible (y hasta sano) que cuando el árbitro pita el final, se muestren amigables entre ellos, o hasta que se intercambien las camisetas.
En su esencia, el fútbol no deja de ser un juego, y se agradece esa camaradería entre rivales, hecho que desdramatiza este fútbol moderno plagado de histerias y tensiones. Sin embargo, como decían las abuelas, en la vida hay que ser y parecer.
El Getafe perdió en Mallorca un partido increíble, por demérito propio, y porque el rival también juega. Carlos Bilardo vociferaba aquello de “al enemigo, ni agua”. Lejos de ese triste extremo, alguien no puede retirarse sonriente del campo después de perder como lo hicieron los azulones en el Ono Estadi.
El equipo de Michael Laudrup es penúltimo y lleva diez partidos ligueros sin ganar de forma consecutiva. Los abrazos y sonrisas de Rubén de la Red con Borja Valero (compañeros en la cantera del Real Madrid) y de Ustari con Ibagaza (compatriotas), muestran una cara amable en el fútbol, pero pueden faltarle el respeto al hincha. A ése que se amarga cuando ve perder así a su equipo.
No cuesta nada esperar cinco minutos y saludarse camino a los vestuarios. Lo malo no es el gesto, sino el sitio, a la vista de todos. La imagen que queda es la de profesionales a los que no les duele la derrota. Entendemos que no es así, pero no lo parece. Por algo las abuelas siempre tienen razón. |