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Nos seguimos llevando las manos a la cabeza. Cada vez que la selección de Aragonés se viste de corto, la España futbolera se obliga a sentarse delante del televisor con la esperanza de que algo cambie. Imposible.
El problema nos es que nuestros jugadores no sean competitivos y tengan horchata en lugar de sangre cuando defienden los colores de la roja, ni que el entrenador del equipo de todos parezca agotado, obsoleto, disperso y últimamente nervioso, el peor germen de nuestros males procede de más arriba, del más allá diría yo, con Villar y sus secuaces a la cabeza. No parece haber proyecto, se van poniendo parches en donde surgen fisuras y, poco a poco, España pierde interés por su equipo de fútbol.
A pesar de todos los males que padecemos y de aburrir hasta a las ovejas, ante Letonia volveremos a esperar que pasen cosas. Porque si algo tiene nuestro combinado, es la afición. Fiel, paciente y un poco aborregada, para que nos vamos a engañar en los últimos tiempos. Deseosa de reencontrarse con su propia ilusión en la próxima cita, en el siguiente cartucho a quemar, en su penúltima decepción.
Mientras, seguiremos debatiendo sobre Raúl y Guti, el trivote o el rombo, las peinetas de Aragonés... Habrá que tener esperanza, aunque a veces la esperanza sea el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre, del seguidor español. |