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Estamos en plena fase de ascensos. Equipos que se juegan una temporada en cuatro partidos. Clubes modestos que se visten de protagonistas durante un mes en el que la tensión, los nervios y los contrastes no cesan. Ése fue por ejemplo el caso del Ciempo.
Da gusto acudir a un estadio de Tercera y no encontrar aparcamiento fácilmente. Uno echa un vistazo a la grada y calcula pero no se hace a la idea de que 2.500 personas son una barbaridad, tratándose de equipos madrileños que sufren el amparo de los poderosos de Primera. 2.500 corazones unidos en torno a un sueño.
Ya les dije que en estos equipos las penas y las alegrías multiplican su efecto. Pero el detalle que me dejó aún más perplejo fue el comportamiento de la afición arlequinada –no porque no sea habitual en su caso sino porque no es común–. Corría el minuto 20 de partido, con 0-0 en el marcador y su equipo volcado sobre la portería del Jerez. Contagiados por el sector más animoso el estadio entero se levantó y comenzó a corear el nombre del equipo rival.
El centenar de jerezanos desplazados correspondió con una ovación. No fue ironía, ni castigo a su equipo, fue reconocimiento mutuo. Cuentan que en Jerez de los Caballeros se les trató de maravilla y ése fue el gesto que quiso tener la afición del Ciempo. Una hinchada que nos hace creer en el fútbol, que nos devuelve la ilusión por los valores de este deporte, que nos hace sonreír y enorgullecernos. Ahora queda el último esfuerzo.
Por justicia ese equipo y su gente no son de Tercera, se merecen el ascenso. ¡Vamos Ciempo! |