“Yo no me arrepiento de nada de lo que he hecho”. Una de esas frases impostoras que utilizamos muy a menudo los seres humanos, no sé si por engordar autoestimas o adelgazar inseguridades. Yo me arrepiento de muchas cosas. Y en mi actividad como periodista me arrepiento (y mucho) de cómo juzgaba a los árbitros hace algunos años. En varias ocasiones fui demasiado severo, inconscientemente populista y, sobre todo, terriblemente irresponsable. Censuraba a menudo las actuaciones arbitrales. No de manera tendenciosa y unidireccional, sino con ese tono habitual que coloca al profesional del arbitraje en un escalón inferior al del resto de actores. Estoy moderadamente satisfecho de haber corregido ese defecto y ser ahora más justo y cabal en mis opiniones sobre los colegiados.

Como en todas las profesiones, en la de árbitro los hay desde muy buenos hasta muy malos. Como en todas las profesiones, habrá alguno corrupto. Como en todas las profesiones, habrá alguno arrogante, malencarado y soberbio. Como en todas las profesiones, seguro que también hay malas personas, de esas que hacen daño. Y como en todas las profesiones, sin ir más lejos la mía, su asociación tiene muchas costuras, es decir, que como colectivo asumen o aprueban cosas que no están bien. Vaya por delante, ahora que ha emergido un asunto de sobra conocido, que a mí me parece éticamente penoso que los árbitros reciban obsequios de los clubes de fútbol. Ya sea un jamón o un pin. Pienso que en el deporte y en la vida un juez jamás debe cometer esa, como mínimo, imprudencia.

Pero es curioso cómo en un negocio tan potente en los ámbitos mediático y crematístico, el árbitro siempre es el asidero más vulgar. El que alimenta la rabia del hincha, el que simplifica el análisis del periodista, el que retuitea por millones el dardo populista del jugador, el que activa ese tartufo “yo no hablo de los árbitros, pero…”. Sí, caradura, claro que tú hablas de los árbitros. Y lo haces hoy, cuando supuestamente te perjudican, pero callaste ayer y te volverás a callar mañana. O aún más, quizás antes de ayer censuraste o pasado mañana censures al otro que se queja de los árbitros. Es excepción el que delante de un micrófono tiene las agallas se reconocer que sí, que en ese partido, el juez ha favorecido a su propio equipo con una o varias decisiones erróneas.

Y luego está el periodismo. Esa preciosa profesión que agiganta su declive a golpe de tuits y gritos. Rajando a los árbitros (sí, he escrito “a” en lugar de “de” a propósito) muchos viven muy bien. Han dibujado un personaje recibido con entusiasmo por el consumidor, ya sea para adorar sus sesudos exabruptos con reverencias divinas o para cagarse en su estampa con 130 insultos en 140 caracteres. Cómo mola eso, ¿verdad? Lo que pase de verdad da igual porque yo siempre voy en la misma dirección. La realidad molesta o cómo mucho es una simple excusa. RT por allí y vídeo en el AVE por allá el árbitro sigue permanentemente colocado en la diana para recibir el dardo de los 50 puntos. Machacamos a un tipo por errar (o incluso acertar) en un fuera de juego de 14 centímetros, una longitud que no sé en otros menesteres, pero en el fútbol es muy poco. Hacemos portada de una acción que el ojo del ser humano no puede controlar al milímetro. Qué más da, hay demasiado en juego como para cometer la enorme temeridad de ser razonable. Qué fácil es hablar siempre de los árbitros. Son todos malísimos… pero eso sí, sólo en contra de mi equipo.

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