Hoy se cumple un año y un día desde que Míchel debutó en el banquillo del Rayo Vallecano. El estreno arrojó una derrota por la mínima en Getafe. Por aquel entonces la dinámica era muy negativa y en el ambiente existía pavor a la opción real de regresar al infierno de Segunda B. Tras Sandoval y Baraja, el club se decantó por un técnico formado en la casa y, lo que es más importante, por una leyenda imborrable de la franja roja.

A Míchel se le pidió una limpia. Mano dura. Incluso que jugara con once del filial. El rayismo estaba sufriendo mucho y ya no se identificaba con un vestuario que arrastraba los rescoldos de Anoeta. Pero Míchel fue claro desde el principio: “He venido a construir”, repetía a todo aquel que le preguntaba. Visto con la perspectiva que otorga el tiempo, la irrupción del entrenador con cara de niño fue de una lucidez admirable. Mantuvo la calma y la confianza en sus ideas en un momento límite en el que mucha gente a su alrededor le demandaba justo lo contrario. Con las ruedas pinchadas, sin batería en el teléfono, perdido en la nada sin un pueblo a 100 kilómetros a la redonda, sin agua y con un frío helador, Míchel cogió aire y se fijó pequeños objetivos que le permitieran salvar su vida… y la de sus seres queridos.

Salvó al Rayo sin brillantez pero con solvencia. Incluso a alguno nos hizo pensar en un posible milagro, que quedó definitivamente enterrado tras la derrota en el Alcoraz. Finalizó el curso con toneladas de dignidad y se puso a preparar junto a Cobeño la siguiente temporada. Lo más llamativo de los últimos 366 días es que Míchel ha tomado muchísimas decisiones trascendentes, pero con un envoltorio tan natural que transmite la sensación de no haberlo hecho. Criado en la pizarra a los pechos del jemecismo, es curioso cómo su carácter le permite negociar sin fuego los problemas cotidianos de un vestuario.

A 14 kilómetros de la meta (o quizá alguno más, si al final hay que jugar playoff), el Rayo cuenta con una plantilla real más amplia que hace unos meses y posiblemente con más conexión y compromiso que en el amanecer de la campaña. La gestión deportiva ha sido paciente y muy eficaz. Los que conviven con Míchel hablan de una enorme capacidad para ver y analizar el fútbol. Técnico aún novato y en plena formación, Míchel envuelve a su interlocutor cuando se enfangan en una conversación de sistemas, presiones adelantadas, transiciones y posesiones de balón. Ojo, el entrenador ha mejorado a futbolistas como Unai López (gran evolución), Fran Beltrán (tiró la puerta de un puñetazo), Embarba (un cuchillo y el mejor asistente de la categoría),  Santi Comesaña (su mejor año) o Raúl de Tomás, ariete diferencial que juega en el Rayo porque Cobeño lo llamó a diario durante dos meses.

La primera mitad contra el Huesca fue celestial. Mucho, muchísimo más que un 3-0. Resultado al margen, se recuperó la emocionante conexión con la grada y con el barrio, que volvió a latir por su franja como solo se hace en Vallecas. El rayismo ha recuperado la ilusión. Y eso suma más puntos de lo que muchos pueden imaginar. Es curioso porque parece que ha pasado mucho tiempo, pero Michel y su hambriento ejército han logrado todo esto en apenas un año. Creyendo, trabajando y negociando la ola con determinación. Siempre confié en este proyecto deportivo, pero también siempre entendí las dudas de aquellos que sufren por su equipo y que estaban ya empachados de sinsabores que trascienden lo meramente futbolístico.

No pude estar en Vallekanfield el pasado sábado. Pero escuché el partido por la radio. Y por la radio un Vallecas enchufado suena de la leche. Ascienda o no, y aún con las cuestas más duras de este maratón interminable, aplaudamos a Michel por haber logrado lo que siente él mismo: un orgullo infinito por su equipo y por su gente. El surfero con franja roja está negociando la ola con una elegancia conmovedora.

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