El troglodita es insaciable. El troglodita es nocivo. El troglodita es un tumor instalado en nuestra sociedad. El troglodita hace el ridículo. El troglodita es altamente dañino. Y peligroso. El troglodita siempre está y casi siempre se le espera. El troglodita se enfunda cualquier camiseta con el fin de perpetrar sus fechorías. El troglodita no atiende a razones. El troglodita insulta. El troglodita golpea. El troglodita arranca sillas de la grada. El troglodita es muchas veces protegido y la mayoría salen indemnes. Al troglodita le mola salir en la tele y en los periódicos.

El árbitro pita el final del partido. No es un partido cualquiera, sino ese con el que el supuesto equipo de tus amores asciende de categoría. Ese instante es uno de los pocos en los que la razón y los sentimientos van de la mano. El cuerpo te pide gritar, abrazar, llorar, celebrar. Y la mente también. O para ser más exactos, desde fuera lo único que parece lógico es que ese hincha actúe de esa manera. Pues resulta que no, que existe una minoría (esto es importante: MINORÍA) que prefiere, antes que festejar, acercarse al sector de aficionados rivales para insultar, humillar y buscar conflicto. Auténticos trogloditas, con perdón de mi amigo Tony, miembro del mítico grupo que acompañó a Loquillo y que ahora sigue rocanroleando por su cuenta.

Puede que ese troglodita actúe así porque según él otro troglodita del equipo rival se portó asá. Y suele ser verdad. Pero antes hubo otra, y antes otra, y en aquel lejano día de la prehistoria otra que según el mundo troglodita tampoco fue la primera. Un bucle interminable e interesado. El troglodita hace tanto daño a los hinchas normales que logra con su comportamiento que se le tilde de “afición”, cuando los dichosos trogloditas no representan ni al 3% de una masa social. Un daño agrandado por ese sector mediático que denuncia al troglodita con la boca pequeña, pero ceba a los receptores con continuas dosis de trogloditismo en busca de clicks y shares. Troglodita por aquí, troglodita por allá para colorear de amarillo sus pantallas.

Todos los que directa o indirectamente estamos metidos en el fútbol, tenemos la obligación de denunciar al troglodita, de señalar al troglodita, de descubrir al troglodita. Los primeros, los clubes, que en demasiadas ocasiones se hacen los despistados cuando las imágenes de televisión o los vídeos grabados por particulares servirían para identificar a esta gentuza. Es necesario apartar al troglodita de la sociedad y, por tanto, del deporte. Un troglodita que sólo se abraza a lo más primario y dañino del ser humano. Insultos, cánticos deleznables sin ingenio ninguno y esa agresividad que nunca casa con las emociones ni los sentimientos. Qué pena que un reducido número de trogloditas haya manchado las celebraciones de la gente sana y feliz.

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