CARLOS SÁNCHEZ BLAS | El último eslabón

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“A mí me da absolutamente igual que Fernando no marque ni un solo gol más. Torres trasciende a todo lo demás. Que se vaya cuando quiera y como quiera”. Me lo dijo un amigo colchonero. Y no me lo dijo ayer, ni la semana pasada, ni siquiera hace un mes. Me lo dijo hace más de dos veranos, un contexto temporal que le otorga mucha más trascendencia a esa confesión.

El Niño ha completado las dos últimas temporadas con la elástica del Atlético de Madrid. En esos dos cursos ha anotado 12 y 10 goles respectivamente. En muchas ocasiones ha partido desde el banquillo y siempre ha tenido por delante otros arietes que le cerraban esa anhelada titularidad indiscutible. No son registros extraordinarios para un delantero de un equipo que, no hay que olvidarlo, se encuentra en la élite del balompié europeo peleando por todo los títulos.

Fernando cumplió en marzo 33 años. Cuando menos se esperaba el destino le brinda la ¿última? oportunidad de ser un jugador decisivo en esta segunda etapa en el club de sus amores. El Atleti no puede inscribir delanteros hasta enero, cuando posiblemente regrese Diego Costa. Y además Gameiro se ha ausentado de la pretemporada tras su operación de pubalgia, y todos saben la rémora que supone no echar gasolina durante el reportaje del Profe Ortega. A priori Torres gozará de muchos minutos hasta el mercado invernal.

Pero lo tangible, que siempre hay que analizarlo, está sobrevalorado y la sentencia de mi colega colchonero lo evidencia. Fernando es el último eslabón, ese enlace que une el fútbol moderno con los sentimientos. Es un hincha del Atleti enfundado en la zamarra del Atleti. Pertenece a esa especie en extinción que no se besa un escudo hoy y otro mañana, sino que es de su equipo aunque milite en otro. Su amor por los colores es, si se me permite, más natural que la del otro ídolo rojiblanco, Diego Pablo Simeone. Y esa devoción es sagrada para la inmensa mayoría de la parroquia atlética.

El Niño ha dejado una frase para la historia: “El Metropolitano será un estadio fantástico, pero de momento está vacío de sentimiento. Seremos nosotros, los aficionados, los encargados de llenarlo. Y explicarle a los más pequeños por qué la avenida de acceso al estadio se llama Luis Aragonés”. Joder (con perdón), esta declaración es de un calado bestial. Futbolistas como Fernando siempre suman. Esa pasión cimenta un eslabón indispensable para la agitación y consolidación del sentimiento de pertenencia. El hincha del Atleti será de Torres aunque no meta ni un solo gol más. No es conformismo, es agradecimiento. Y más en estos tiempos en los que la gestión de los dirigentes del Atlético de Madrid fomenta el abrazo a la desilusión.

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