Tú puedes pensar que Alberto García puede ser bueno, malo o regular. Lo que es incuestionable es que tras más de tres lustros exhibiendo guantes y raspando las caderas, su carrera es larga y exitosa. Desde el mítico Europa de su Barcelona natal hasta el portal del club que alimenta los sueños del barrio de Vallecas. Pero no acudo aquí para hablar de fútbol, sino de algo infinitamente más importante.

Alberto es un ser humano admirable. Por lo que uno sabe y por lo que le cuentan. Un futbolista atípico, algo que nunca va en detrimento de los demás, sino a favor suyo. A sus 34 años, Alberto es capaz de mezclar con acierto y generosidad su profesión de futbolista, su gestión personal de los empleados, su respeto a y manejo de los factores externos y su profunda formación más allá del fútbol.

Cuando Alberto detiene un penalti mucha gente lo celebra con emoción e implicación. La misma que él regala a todos los que diaria o esporádicamente, directa o indirectamente, forman parte de su vida laboral y personal. Cuida a los compañeros de vestuario. Desde atender llamadas que siempre le hacen a él cuando la gente ya duerme, hasta arropar y guiar por el buen camino a hermanitos pequeños como Álex Moreno. Respeta a los entrenadores. Lo pongan o no. Sus primeras palabras tras el triunfo ante el Valencia fueron para Míchel. Se preocupa por los trabajadores del club. Ahí incluimos al fisioterapeuta, a la compañera del departamento de prensa o al olvidado equipo femenino, al que con frecuencia acude a ver entrenarse y jugar partidos. Fue de los pocos que se preocupó en su momento por la situación de Natalia.

Es lo de menos, pero los periodistas también estamos encantados con su vertiente comunicadora. Sabe transmitir, maneja un buen discurso, dice cosas y algo muy importante que es bastante inhabitual: respeta nuestro trabajo. Hace el esfuerzo de adaptarse a lo que viene mejor para la entrevista y cumple los horarios y plazos acordados. Un tesoro, vamos.

Un capitán del Rayo ejemplar. Un tipo que antes de firmar por la franja roja se informó sobre los valores sociales del club, su hinchada y su barrio. Alguien que a sus hijos Ander y Eider les intenta inculcar el espíritu de su profesión, de sus colores futbolísticos y de la vida que quiere para ellos. Lo vieron llorar por primera vez en su vida porque ni pudo ni quiso contener las emociones al besar la gloria con el Rayito. ¿Papá, por qué aquí en Madrid todos los taxis son del Rayo? Ese índice hacia la grada tras detener el penalti contenía toneladas de agradecimiento para ellos y su mujer, los que comparten con Alberto sus alegrías y sus desdichas. Lleva menos de dos años en Vallecas y desde que sus compañeros lo eligieron como capitán el primer día, ha tenido que lidiar con muchas curvas y momentos complicados. En Segunda y en Primera. Como titular y como suplente.

Dos instantes quedarán para siempre en la mente de este magnífico guardavallas que exprime diariamente su formación, con el fin de dedicarse a la gestión empresarial cuando deje los guantes en la taquilla para siempre. El primero, su incontenible emoción cuando vio a sus padres en la grada tras el ascenso. Se habían desplazado desde Barcelona sin que él supiera nada. Llevaban más de diez años sin verlo jugar y, tras alimentar los nervios paseando por Vallecas, solo entraron al estadio tras el pitido final. El segundo, esa pena máxima que le adivinó a Parejo. No sé si el Rayo se salvará, pero si lo hace ese habrá sido el punto de inflexión de un curso marcado por el profundo sufrimiento. Alberto García, guantes de capitán. Por favor, que cuando decida retirarse alguien le lleve directamente de la portería a un despacho de la Ciudad Deportiva.

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