El fin de semana nos ha dejado tres escenas futbolísticas espectaculares. Dos son de delanteros, de estrellas del fútbol planetario. La otra lleva la firma de un portero que ya es presente y puede escribir el futuro con letras de oro. La pausa, el guante y la demolición. Tres maravillosos brochazos que pintaron un precioso cuadro.

Le cae el cuero en una posición privilegiada para armar el fusil. El único riesgo de que se encasquille la bala es que está pelín escorado. Pero donde la mayoría de los futbolistas buscan la ejecución rápida, éste, que es genial, activa la PAUSA. Un dulce recorte rompe a Jonny. Pisa el cuero para encontrar la mejor baldosa. Y con la pierna ¿mala? ubica la bola en la escuadra. Un dulce gesto técnico para culminar uno de los mejores goles del año. La pausa es patrimonio del fútbol elegante. Qué bueno es Antoine Griezmann.

El centro es muy peligroso. Viene cerrado, con rosca, con potencia. El balón es cabeceado al alimón por un socio (Íñigo Martínez) y por un enemigo (el irreductible Bustinza). Un impacto que envenena la acción de manera aparentemente letal. Pero no, no hay muerte ni destrucción porque emerge de la nada la figura de un guardavallas que estira la mano hasta el infinito para impedir el grito de gol. Reflejos, agilidad, técnica depurada y talento. Todo en la misma estampa. Intentad ver la repetición desde la cámara ubicada detrás del arco. GUANTE salvaje de Kepa Arrizabalaga.

Apoyo solidario en la frontal. Recepción de espaldas y devolución rápida. Giro y, como siempre, búsqueda voraz de la zona de remate, del balcón del fusilamiento, de la habitación del armamento pesado. El servicio de Carvajal va con poesía, pero el testarazo es pura DEMOLICIÓN. Con tal violencia que hubiera metido a cuatro porteros dentro del marco o tumbado a mil soldados a golpe de metralleta. Bestial. Testarazo inapelable. Ejecución masiva de Cristiano Ronaldo.

La pausa, el guante y la demolición. Una maravillosa trilogía culinaria con la que aún nos estamos chupando los dedos.

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