Siempre he pensado que en general la crítica es muy injusta con la hinchada del Getafe. Esto no viene de hoy. Ni de ayer ni de anteayer. Es un pesado e inoxidable remolque que les ha acompañado desde el primer ascenso a Primera, hace más de catorce años.

Todos los clubes, equipo y su entorno, arrastran cosas negativas… o menos positivas. Lo dañino emerge cuando esas dosis son utilizadas por algunos sectores para rellenar garrafas de porquería. Es cierto que en el amanecer de la primera etapa del Getafe entre los grandes, el Coliseum transmitía frialdad en algunos partidos. El opinionismo amamantó esa pequeña criatura hasta saciarla de barro y convertirla en un gigante empachado de tópicos. Es verdad también que el Getafe de Bordalás exhibe una cátedra del otro fútbol, pero a mi juicio es indecente convertir ese argumento debatible en constantes faltas de respeto a todo lo que se tiña de azulón. Y ojo, hay un detalle que no me gustaría pasar por alto: en la inmensa mayoría de ocasiones los comentarios irrespetuosos parten de personas que no ven más de tres o cuatro partidos del Getafe al año.

No conozco a Bordalás en su faceta personal más allá de alguna entrevista que hemos compartido con él en la radio. A todos nos llegan comentarios, positivos y negativos, sobre su forma de gestionar un vestuario. Pero lo que es indiscutible es su rendimiento como entrenador de este equipo desde que lo recogió cadavérico en septiembre de 2016. Lo ascendió a Primera desde el pozo de la tabla. Debutó en esta categoría y en 38 etapas de montaña coronó la cima con la cabeza erguida. Y en este segundo curso en Primera ya ha conquistado la mitad de cofres que necesita para proteger un año más el tesoro. Este Getafe es un equipo de fútbol en todos los sentidos. Con mayúsculas. Compite en casa y fuera. El sello de Bordalás es un tatuaje consolidado en la piel del conjunto sureño.

La crítica ácida y desmesurada ha provocado un efecto paralelo, alimentado por todos a los que de una u otra forma les corre por las venas sangre coloreada de azul. Se han juntado, se han parapetado. Todos bien juntitos al calor de la fe ciega en un proyecto con el que se sienten plenamente identificados y representados. Nos referimos a los aficionados, claro, pero también a los propios futbolistas, que cada fin de semana honran al profesionalismo y al compromiso. Hay quien lo demuestra regalando exhibiciones cerca de los cuarenta (Jorge Molina). Hay quien defiende la causa públicamente cuando considera que se ha superado la delgada línea de lo irrespetuoso (Vitorino Antunes). Los perfiles con gatos se agigantan en Twitter. Las cuentas con la caricatura del entrenador presumen de posiblemente el equipo que mejor compite en el fútbol profesional.

Es el Getafe de las Galias. El de la identidad. El de “¡Están locos estos romanos!”. El de todos unidos y convencidos de lo que defienden. El que se rebela con más orgullo que medios. El que no se arrodilla ante los aguijonazos de los cientos de Julio César que teclean el móvil con el afán de buscar el permanente conflicto. Como todos los equipos, el Getafe merece y merecerá críticas. Que se hagan. Si puede ser, con argumentos sólidos. Y si no, que sea al menos con un suspiro de originalidad, sin acudir a los manidos tópicos que ya no soportan el funambulismo.

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