Simeone ha conseguido una cosa difícil y otra muy difícil. La difícil, convertir en ganador a un equipo hundido. La muy difícil, lograr el respaldo sin fisuras de la hinchada del Atlético de Madrid. Podéis pensar que la primera es más difícil que la segunda. O que la segunda es simplemente consecuencia de la primera. Pero lo verdaderamente complicado es lograr un apoyo incondicional, convertirse en el líder indiscutible a ojos de todos los elementos externos.

El Cholo aisla al colchonerismo de todo lo demás. Maneja con destreza la sala de prensa y devora la escena con superávit de inteligencia. Es el entrenador que ha cambiado la historia del Atlético de Madrid. Ha colocado las rayas rojas y blancas en el altar de los mejores, tuteando siempre y ganando a menudo a los mejores equipos de Europa. Cuando han llegado resultados inesperados o negativos, los aficionados del Atleti se han sentido orgullosos e identificados con el proyecto que activó Simeone hace siete años. Él sabe la ascendencia que tiene. Y maneja ese cartucho a la perfección. Cuando ve asomar las críticas, pulsa la tecla del “con nosotros o contra nosotros” o el botón del “que no os confundan ahí fuera”.

Estamos en diciembre y el Atlético de Madrid está vivito y coleando. Arriba en esta Liga en la que los grandes se dejan más puntos que nunca. Entre los mejores de la Champions, lugar natural de esta etapa, salvo el inexplicable accidente llamado Qarabag. Y en la ronda de octavos de la Copa del Rey, un torneo en el que en los últimos años los rojiblancos se han plantado demasiado pronto. Pero el Atleti no está bien. No exhibe la capacidad física de antaño para reventar el ritmo de los partidos, no ha podido encontrar aún al Diego Costa diferencial y ni siquiera Griezmann ha conseguido asomarse al balcón de rendimiento de los elegidos. El margen de crecimiento es amplio, seguro, pero el Atleti 8.0 de Diego Pablo está aún bastante lejos de la velocidad de crucero.

El Atleti patinó en Brujas. Dejó escapar una fantástica oportunidad de amarrar la primera plaza de su grupo. Nadie sabe qué depararán las bolas del sorteo, pero es evidente que este año, a priori, es mejor ser el 1 que el 2. Finalizado el duelo en el Jan Breydel, Simeone activó su mensaje delante del micrófono. Dijo que el objetivo del club es llegar a octavos y que estaba muy contento. No. El objetivo del Atleti era quedar primero. Porque era asequible y porque eso le hubiera situado en un mejor escenario para seguir pasando rondas. ¿Le puede caer el Oporto en la siguiente eliminatoria? Sí. ¿Puede eliminar al PSG, Manchester City o Juventus? Rotundamente sí. Pero reconocer esto es compatible con exigir que tal y como estaba el grupo el Atlético de Madrid debía ser primero.

Me encanta que una hinchada muestre apoyo incondicional por su equipo, su entrenador y su proyecto. Que conviertan el estadio en un horno con 1-0 en el marcador ante un equipo de la parte baja de la tabla. Que animen más que la hinchada vencedora tras una final perdida. Que crea a muerte en algo con lo que se siente plenamente identificada. Pero en la crítica periodística hacia un equipo de fútbol no debe ser todo blanco siempre o negro siempre. No todo es un éxito ni un fracaso. Hay grises. Y en este Atleti estos grises los encontramos en la senda entre la exigencia de un proyecto ambicioso y la incondicionalidad hacia un líder idolatrado.

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