Durante los últimos años he visto muchos partidos de fútbol. Y lo que nos ocupa en estas líneas, también he visto muchos partidos del Madrid. Buenos, malos y regulares. También muy buenos y muy malos. E incluso alguno excelso y también alguno dantesco. En casi todos ellos ha marcado Cristiano Ronaldo. Durante sus nueve temporadas en las filas merengues, el portugués también ha jugado partidos buenos, malos y regulares. Muy buenos y muy malos. Y por supuesto alguno memorable y también alguno tremebundo. En casi todos ellos, incluso en los peores, solía perforar la meta rival.

No venimos aquí a hablar de contratos, de relaciones deterioradas ni de egos lusos y presidenciales. Hablemos de fútbol. Desde ese punto de vista estrictamente futbolístico me parece insólito cómo se ha banalizado la ausencia de Cristiano. Un futbolista de época, un depredador, una bestia insaciable. El gol en estado puro. Y cuando decimos gol no son tres letras, ni una palabra monosilábica, ni siquiera un alarido ensordecedor que sale de la grada del estadio. Hablamos de todo. En el fútbol el gol lo es todo.

Perder a Cristiano es, de partida, perder entre 45 y 55 dianas por campaña. Pero en el fondo supone muchísimo más que lo puramente numérico. Perder a Cristiano es perder el respeto de los rivales, que lo siempre lo vigilaban más para descuidar a otros. Es perder la referencia al que todos miran cuando los combates se bloquean. Es perder al que remata con la derecha, con la izquierda, con la testa, de cara, de tacón, de chilena, desde dentro o desde fuera. Es perder al futbolista más demoledor a un toque de la historia del balompié.

Mejor que Cristiano solo hay uno: Leo Messi. Lo demás son brindis al sol y predicciones que nunca se cumplen. Ni siquiera el que más cerca ha estado (¿está?), Neymar, ha tenido la frialdad de interiorizar que lo colectivo siempre es más fuerte que lo individual. De los actores actuales, el único que puede desafiar a corto plazo la tiranía de las megaestrellas es Mbappé, aún con la prudencia de asistir a su rendimiento continuo. Si nos sumergimos en la plantilla del Madrid, Gareth Bale es buenísimo pero no posee ni la regularidad ni la mentalidad necesarias para dominar una época. Asensio es un fuera de serie, pero aún no está para liarla en cuatro de cada cinco partidos. Eso es Cristiano: regularidad. Fallar muy pocas veces. Rendir cada día, ya esté delante el Bayern Múnich o la Sociedad Deportiva Éibar.

Abrazados con denuedo a los análisis cortoplacistas, he llegado a leer que este Real Madrid era ya mejor que el de Cristiano. O más atrevido aún: que el Madrid era mejor sin Cristiano. Qué temeridad. La transición tras perder a un futbolista de leyenda es durísima para cualquier entidad, también para la más laureada de todos los tiempos. Lo veremos cuando el Barcelona ya no tenga a Messi. Por supuesto que el Madrid dependía de Cristiano. Nunca entendí, ni en julio, ni en agosto, ni en septiembre, ni en octubre, la asombrosa banalización de la ausencia de un deportista de ese calibre.

1 comentario

  1. No solo se ha banalizado,se le ha faltado el respeto desde el propio madridismo,y lo dice un madridista de toda la vida,Cristiano es el mejor futbolista que vi de blanco en toda mi vida,pensé que después del gran Raül,no veria a otro igual,pero si que lo he visto.

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