Lo que esconde la cosmética

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Hoy es uno de esos días en los que me siento a escribir con las ideas muy deshilachadas. Quizá solo sea la poderosa arrogancia periodística la que me conduce a pensar que voy a ser capaz de ordenarlas en estas líneas que ahora estás empezando a leer. No sé ni qué ni cómo va a salir, pero lo vamos a intentar.

Esto va de lo que parece que es y lo que realmente es. De lo que hay detrás del rímel. De lo que esconden las apariencias, a veces discretas y otras construidas sobre una espesa capa de maquillaje. Hace varios días que tenía este artículo en mi cabeza, pero no sabía muy bien cómo compactarlo. Ahora tampoco lo sé, pero me he decidido a activarlo gracias a Diego García Carrera.

Diego tiene 22 años. Ha ganado este verano la medalla de plata en los 20 kilómetros marcha. Es licenciado en Dirección y Administración de Empresas. Y además toca el trombón como los ángeles. Anoche estuvo en Onda Madrid y le regaló a mis compañeros y sus oyentes 17 deliciosos minutos de radio. Una maravillosa historia, que siempre es lo más bonito que se puede contar a través de las ondas. Me gustó tanto que esta mañana la he querido compartir con todos vosotros por las redes sociales. No entraré en más detalles, pero la realidad es que ha tenido un impacto mínimo. Soy periodista. También un compulsivo consumidor de radio y de periodismo. Como receptor me encuentro con una historia así y la hubiera engullido hasta la última espina.

Desde una óptica dolorosamente simplista, todo se resume en cosmética. Al periodismo se le reprocha que ofrece contenidos muy poco rigurosos y elaborados. Pero resulta que los consumidores suelen elegir esos contenidos antes que los supuestamente más interesantes, profundos o elaborados. No caeremos en la injusticia de generalizar, pero es absurdo negar que se trata de una tendencia bastante acusada. Es como el VAR. Tengo la dolorosa sensación, ya mutando en convicción, de que ni a muchos periodistas les interesa explicarlo bien, ni muchos aficionados quieren entenderlo bien. Lo importante es no enterrar jamás la polémica. Y si por casualidad no hay polémica bajaremos a buscarla, ataviados con un resistente traje de buzo, hasta el lugar más profundo del océano de opiniones.

Hace unos días le leí en Twitter a José Luis Rodríguez-Mera lo siguiente: “La suspensión de Fiebre Maldini es un síntoma de que el fútbol como deporte no vende. Lo que vende es el espectáculo en torno al fútbol”. Tiene mucha razón. Pero repartamos responsabilidades entre el emisor y el receptor, por favor.

El deporte es cosmética. La vida es cosmética. Cuanto más dinero hay, más colorete y pintalabios disfraza el rostro que aparece en la pantalla. El fútbol español se expande, crece y viaja a hacer las Américas. Los clubes se arrodillan ante el dinero de las teles… y de las apuestas. El aparataje mediático aparta a golpe de lobby cualquier vestigio que no incluya euros. ¿Sabéis lo que hay detrás de esa cara bonita? Estadios que se caen a cachos o empleados “normales” con contratos y salarios infames en clubes con presupuestos millonarios.

Perdonad estos renglones torcidos e inconexos, pero es insoportable lo que esconde la cosmética.

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