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Y se me saltan las lágrimas

El árbitro silbó. Final de la prórroga. 120 minutos, 0 goles. La lotería de los penalties se vuelve a interponer en nuestro camino, como en otros muchos campeonatos importantes. Estoy en el fondo de los aficionados españoles, concretamente en el Block C, Row 5, Seat 62… aunque en ese momento allí no estaba sentado nadie. Yo tampoco. De hecho no me quise sentar ni un segundo, los nervios me comían por dentro.

Sonó el silbato y llegó el bajonazo general. Nadie habló, nadie lo dijo, pero todos lo sentían, todos lo sentíamos. Estábamos eliminados, nos íbamos otra vez para casa en cuartos. La puñetera maldición de los cuartos. La puñetera maldición de los penalties. La puñetera maldición de los “Azurri”. Demasiados factores en contra. No teníamos nada que hacer.

Busqué con la mirada a mi amigo de Bilbao. Llevaba anudada al cuello esa bandera mitad española mitad “ikurriña” que tanto me emocionó ver la primera vez. Estaba acojonado. A mi espalda, miles de españoles llegados desde Norte, Sur, Este, Oeste y por supuesto Centro miraban fijamente al césped con el miedo en sus rostros. Todos se temían lo peor, todos nos temíamos lo peor.

Cerré los ojos. Me paré a pensar durante unos segundos. Me dí cuenta de lo privilegiado que me sentía. La kilometrada del día anterior había merecido la pena. Y la sobredosis de trabajo que le estaba dando a mi mente durante las últimas semanas me pareció una simple anécdota. Porque la gente que estaba a mi alrededor también estaba “loca”. Algunos se habían dejado el dinero que no tenían porque querían vivir ese sueño. Otros habían viajado durante horas desde Milán (y les quedaba la vuelta) porque ya no había más combinaciones de vuelos. Incluso muchos se habían embarcado solos en esta gran aventura porque no había nadie que les pudiera acompañar hasta Viena. Vaya mierda. El esfuerzo iba a tener como resultado lo de siempre: a casa en cuartos.

Van a comenzar los penalties. El fondo español se despierta, la “fiera” ruge con gritos de “Casillas, Casillas”. Chuta Villa. Gol. Le toca a Grosso. Gol. Va Cazorla. Goool. Turno para De Rossi. ¡Para Iker! Revienta la grada española, la gente no se conoce, pero se abraza. Chuta Senna. Golazo, coño, golazo. Ahora Camoranesi. Gol. Vamos Güiza. Falla. ¡Noooooooooooo! Nos van a ganar otra vez. No puede ser, qué mala suerte. Chuta Di Natale. ¡¡¡Paró Casillaaaaaaaaaaaaaaaaasssssss!!! ¡Vamoooooooooooooooooos! ¡Tomaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! Si marca España el siguiente nos clasificamos para semifinales. Un penalty y alcanzamos la gloria. Por fin, después de tantos sinsabores. El elegido es Fábregas. Vamos Cesc. Mételo. Mételo. Mételo. Mételo, por tu madre. Por favor. Va con cara de miedo, me temo lo peor. Chuta Cesc. ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Gooooooooooooooooooooollllllllllllllllllllllllllllllllll!!!!!!!!!!

Y me abrazo a todo el mundo. Y me beso con el de al lado. Y grito, aunque no debería porque ya me están llamando para entrar otra vez en la radio. Y comparto mi alegría con el de delante, sin saber que era Unai Casillas, el hermano del Héroe. Está llorando como un niño. A mí me falta poco. Hemos pasado. No me lo creo. Nadie se lo cree. Hemos ganado la Eurocopa. Sí, ese día ganamos la Eurocopa. Y por eso todos sentimos una emoción incomparable, gigantesca. El triple de alegría que siete días después en la final contra Alemania.

Me despido de Méndez y Duro con un abrazo y empiezo a caminar. Sin rumbo. Fundido. Cansadísimo. Con el mayor bajonazo de toda mi vida. Me invadió de golpe todo el cansancio acumulado. Oía, sentía cánticos de fondo. Buscaba de reojo un taxi. Imposible. Seguí caminando. Llamé a mi casa para compartir mi inmensa alegría con mi familia. Caminé unos cuantos kilómetros hasta que llegué al hotel. No tenía fuerzas ni para ponerme el pijama, estaba fundido. El despertador sonaría 3 horas después, tocaba otro viaje largo hasta Suiza, como siempre con música española y galletitas Leibniz. Y a 110, que los radares austriacos son muy caprichosos. Me dejé caer en la cama. Yo también me sentía Casillas. Yo también me sentía Campeón de Europa. Yo también me sentía inmensamente feliz.

Ya sé que España no está hoy en Viena y que tampoco celebramos ningún aniversario de nuestro éxito. Me da igual. Me apetecía escribir de aquello, igual que de cuando en cuando me apetece visionar el vídeo del partido o escuchar a mi admirado Carlitos Rodríguez contando por la radio el momento más importante de la historia del fútbol español. Nunca olvidaré el 22 de junio de 2008… el día en el que se me saltaron las lágrimas.

Escrito por Carlos Sánchez Blas el 24/10/2009
 
 
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