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El Rayo está a cinco puntos del descenso. (Foto: archivo)
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Por primera vez en toda la temporada, me da igual lo que hagan la Real Sociedad, el Hércules, o el Cartagena. Incluso el Betis, el Numancia, el Levante… así hasta el Córdoba, aunque éste último sólo tenga un punto más que el Rayo Vallecano de Madrid. Sólo miro hacia abajo.
El domingo sintonicé la radio pendiente del Albacete – Celta, sin mayor interés por lo que acontecía, por ejemplo, en el Salamanca – Real Sociedad. Quedan 14 jornadas. Demasiadas. La sombra del Infierno está todavía lejos, pero tras la derrota en Vallecas ante el filial amarillo se empieza a perfilar en la pared franjirroja. El rayismo comienza a sentir el miedo al descenso.
Creo, o quiero creer que creo, que el Rayo no va a sufrir. Descartemos como rival al Castellón, que ya ha renovado su pasaporte al Infierno. El Real Unión se encuentra herido grave (¿de muerte?... parece que sí…). De los demás, no me fío un pelo. El Cádiz se ha despertado del coma y el Carranza es la próxima estación del Rayo (“Sangre gaditana en vena vallecana”, esperemos que se salven los dos). Y a día de hoy Albacete, Huesca, Celta y Murcia son rivales directos del conjunto franjirrojo. Así de dura y temible es la realidad de un equipo que pretendía pelear hasta el final por el ascenso a Primera División. Conclusión: todavía hay tres plazas libres en el vehículo que descenderá en junio a los Infiernos del Fútbol Español.
El Rayo afronta 14 partidos (42 puntos) en los que se juega mucho más que el ascenso a Primera. Se juega no volver a la “mierda” (entiéndaseme, para un equipo como el Rayo). Se juega no volver a los maratonianos viajes a Canarias, a esos partidos en los que el campo es una playa y el viento no permite ni dar dos toques seguidos al balón. Se juega el futuro del club, ya que los Ruiz Mateos han dicho que ven imposible la viabilidad del Rayo Vallecano desde Segunda B. Se juega desaparecer del escaparate que siempre supone formar parte del Fútbol Profesional. Y también se juega incumplir la deuda que este club mantiene con los aficionados, unos hinchas que recorrieron kilómetros y más kilómetros para llegar primero a Eibar (que tarde más dura) y un año después a Benidorm + Zamora. Y se volcaron. Y viajaron en masa. Y se dejaron el alma, el corazón y la garganta rayistas. Y lloraron, esta vez de alegría, porque su Rayito había salido de la “mierda”, porque volvían a estar en la élite, porque otra vez Vallecas se iba a situar en el mapa del Balompié Español.
No se puede bajar. NO. Ya no sé si a este equipo le queda fútbol. El club agotó el principal cartucho que siempre manejan los Dueños: el cambio de entrenador. Ese petardo les ha estallado en las manos. El Rayo juega peor que antes y los resultados tampoco han cambiado. Desde que Miñambres pasó del despacho al banquillo, la cosecha son tres puntos de doce posibles. Y ante el colista en casa. Repito, no confío en que a este equipo le quede fútbol, por lo que los rayistas se tienen que agarrar al compromiso y a la responsabilidad de un grupo de jugadores que, sientan al Rayo o no, se están jugando mucho. Pueden manchar la Historia del club más especial de la capital de España. Sí, escribo el CLUB MÁS ESPECIAL DE MADRID. No es el más grande ni el mejor, pero es el más especial.
Dani, Coke, Movilla, Quero, Piti, Míchel, Pachón. Son los nombres que me han salido a vuela pluma, sin pensar demasiado. De estos (y supongo que de alguno más) me fío. Porque los rayistas (y estos jugadores también lo son) no se merecen volver a probar el sabor de las lágrimas… las lágrimas de Segunda B.
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