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Aficionados del Alcorcón, tras el partido de los amarillos en San Mamés. (FOTO: ARCHIVO) |
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“Sí, sé que estoy loco, pero mañana me voy con un colega a Villarreal para ver al Sporting. 4 horas de ida, 90 minutos de partido y 4 horas de vuelta”. Esto me lo dijo hace 10 días mi compañero y amigo Antón Meana, periodista de Radio Marca e hincha apasionado del club gijonés. Año tras año, se recorre España entera para ver a su equipo. Él tiene la suerte de compartir devoción con los miles (o son millones) de hinchas rojiblancos que forman la “Mareona”.
Me mola la gente así. Los que se dejan el tiempo, el dinero, las ilusiones, la gasolina, las horas de sueño, la salud y la garganta por una afición, por una pasión. Ellos son los que hacen grande al fútbol, ese maravilloso deporte que es capaz de sacar a millones de personas a la calle sólo (¿sólo?) porque Andrés Iniesta chutó directamente a la Gloria. A mí también me llamaron loco cuando me dejé la pasta y la vida en llegar a Sudáfrica para ver a mi equipo levantar la Copa del Mundo. Lo haría otras 1000 veces. Otras 100.000. Aunque hubiéramos palmado. No me gusta luchar contra la ilusión, esa gasolina que todos necesitamos para vivir.
Soy muy romántico para este tipo de cosas. Me emociono cuando voy a cubrir un partido del Rayo Vallecano y paso a un autocar de peñas o me adelanta un coche lleno de vallecanos. Envidio la filosofía de los hinchas británicos, que siempre viajan en masa para animar a su equipo, ya sea el Liverpool, el Celtic de Glasgow o el último equipo de la Tercera división inglesa. Desgraciadamente, en España cada vez cuesta más dinero ir a los estadios, por eso se está reduciendo el número de aficionados que acompañan a sus equipos a domicilio.
Me gustan los hinchas que defienden sus ideas. Es admirable cómo se han movilizado las peñas del Rayo para defender lo que ellos consideran justo. Han cubierto las gradas de pancartas, se han manifestado por el corazón de Vallecas, les han gritado a los jugadores y entrenador al oído para que sepan que están a muerte con ellos, y hasta han colgado carteles de los puentes de la M-30 para que ese sentimiento que tiene el barrio por su “Rayito” no se apague nunca. Reconozco el mérito de los atléticos que desde el respeto y el inconformismo se anudan al cuello una bandera amarilla y verde para decirle a los dueños que ellos sueñan con otro Atlético de Madrid. Flipo con los nobles hinchas del Athletic que inundan de color rojiblanco cualquier estadio de España. En definitiva, me identifico con cualquier aficionado de cualquier equipo que hace “barbaridades” y “locuras” para poder disfrutar de su “hobby”, de su pasión, de su ilusión semanal, de sus colores.
LAS AFICIONES son tan grandes que también tenemos que padecer a “hierbajos” de la sociedad que acuden al fútbol para hacer el ridículo. Porque una persona que canta “Marcelo, eres un mono” delante de Elías, Assunçao o Perea es un “tontaina”. Y un ser humano que le desea la muerte a otro es un idiota. IMPRESENTABLES. IMBÉCILES. El sábado en el Calderón presencié una de las escenas más patéticas que he visto en mi vida: subidas a una valla, una madre y su hija gritaban hasta desgañitarse una frase llena de poesía y buenos sentimientos: “Illa, illa, illa, Juanito hecho papilla”. Bueno, imagino que fuera del fútbol serán una madre y una hija normales. Se irán juntas de compras y le regalarán algo precioso a su marido y padre el día 19 de marzo. PATÉTICO.
Son las contradicciones que encontramos dentro de LAS AFICIONES. La misma que me hace estar seguro de no morirme antes de disfrutar de un Boca - River en Argentina, me hace vomitar estupor y vergüenza cuando escucho que han matado a una persona por “culpa” del fútbol. Con el último de San Lorenzo ya son casi 200 los aficionados fallecidos en los estadios de fútbol argentinos.
Me entristece y me deprime que el fútbol sea noticia por culpa de unos cuantos delincuentes. Sería bueno que fueran reclutados por los zoos, aunque pensándolo bien qué culpa tendrán los pobres animales. Pero mientras me encuentre con un “Antón Meana” en mi vida seguiré creyendo en LAS AFICIONES. Y seguiré soñando con un futuro mejor, en el que el perdedor terminé tomándose “pelotazos” con el ganador, cada uno con la bufanda o la camiseta del otro equipo. VIVA EL FÚTBOL. VIVAN LAS AFICIONES.
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