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Fernando Torres es el centro de las reflexiones de Carlos Sánchez Blas. |
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Fernando Torres cumplirá en un par de meses 28 años. Un hecho que demuestra que la vida transcurre a toda velocidad, sobre todo para aquellos que lo vimos debutar en el Calderón contra el Leganés y, una semana después, anotar su primer gol en Albacete. Todavía recuerdo las agresiones de los empleados de Seguridad a mi admirado Chema Candela (Radio Nacional), cuando buscábamos a pie de campo las primeras declaraciones de un pecoso y tímido “Niño”. En aquel lejano mayo de 2001 nació para el fútbol de élite un delantero que se ha convertido en un icono mundial.
Torres está mal. Su rendimiento se encuentra muy por debajo de lo esperado cuando cambió la ciudad de los “Beatles” por el ambicioso proyecto de Abramovich. Antes, Vicente del Bosque (con buen criterio) lo esperó para el Mundial de Sudáfrica. Él se dejó la vida para llegar a tiempo a aquella cita histórica, pero su condición física provocó que su aportación fuera casi testimonial. Incluso se rompió en los últimos compases de la final contra Holanda, lo que volvió a retrasar su preparación durante el verano de 2010. Fue el origen del “empequeñecimiento” de Fernando, que durante la temporada actual ha alcanzado su peor versión.
No es titular indiscutible con el Chelsea, aunque la presencia inminente de Drogba en la Copa África le puede ofrecer la continuidad que necesita para recuperar autoestima. Hasta el momento ha disputado 1.150 minutos con los “blues”, repartidos en 20 partidos (Premier, Champions y Copa de la Liga). Ha anotado cuatro goles, dos de ellos en el choque europeo contra el Racing Genk. Aquellas fueron sus últimas dianas. Fue el 19 de octubre. Ha perdido protagonismo en la selección, hasta el punto de dudar de su presencia en la Eurocopa del próximo verano.
Más allá de los datos, Torres transmite una tristeza alarmante en su juego. Decaído, presionado, con un superávit de responsabilidad brutal para un deportista profesional. Completa partidos aceptables, como el último ante de los Wolves, pero sus credenciales y su caché (el ruso pagó cerca de 60 millones de euros por el delantero español) le obligan a marcar las diferencias. No debe ser un futbolista más.
He escrito muchas veces que odio los “blancos” y “negros” en el periodismo. No me agrada la versión 2.0 de esta profesión, en la que el gris es un color que no tiene cabida en las tertulias ni en los juicios. El “Niño” es un ejemplo paradigmático de esta tendencia. Hay gente que lo defiende “a muerte”, obviando y aparcando su pobre rendimiento. Su cohorte de fieles no acepta críticas. Ninguna. Otros lo atacan por norma, no ahora, sino desde que comenzó a salirle la barba con la casaca del Atlético de Madrid. Éstos lo tildan de “paquete” y “tuercebotas”. Argumentan que la prensa “mesetaria” (¿qué coño es eso?) lo ha elevado a los altares sin ningún merecimiento. ¡Ah! Y que por supuesto Torres vivirá toda su vida de aquel gol en Viena. Un “chicharro” que, por cierto, nos inundó de felicidad y nos hizo saborear la gloria. Simplemente, uno de los instantes más importantes de la historia del deporte español.
Con Torres no hay término medio. He presenciado cómo compañeros observaban un partido de España con el deseo de que marcara Torres y no lo hiciera Villa. He escuchado pitos hacia Torres cuando salía a disputar amistosos luciendo la camiseta del equipo nacional. Dos ejercicios de “paletismo” que demuestran que en este país, a veces, somos muy tontos. Quizás sea demasiado inocente, pero estoy convencido de que esa bipolaridad nunca le ha hecho bien al delantero de Fuenlabrada, obligado también por su carácter reservado a aislarse del exterior con un caparazón indestructible. Se avecinan tiempos en los que el gris quedará sepultado por el clamor de las diferentes “yihads” mediáticas. Extremismos. Es la moda. También cuando los “Niños” andan por medio.
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