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Pepe celebra un gol junto a Benzema y Ozil. (FOTO: ARCHIVO) |
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Me gusta el fútbol. Mucho, muchísimo. Como a vosotros. Me encanta escribir, leer y hablar de fútbol. Como a vosotros. Aquí va mi opinión sobre el Madrid – Barça copero, esa eliminatoria que ni vosotros ni yo nos vamos a perder.
De este Barcelona ya se ha hablado mucho. Con justicia. ecibe la admiración de todos: de los barcelonistas (faltaría más), de los madridistas (con rabia y ganas infinitas de destronar a un equipo superlativo), y de los que sentimos pasión por este deporte. Es un equipo histórico. Sin atenuantes.
Así que escribamos sobre el Real Madrid. Sobre los ingredientes que necesita la receta de Mourinho para derrocar al eterno rival. Sobre “trivotes”, triángulos de presión alta, “campos de minas”, toque, intensidad y “Pepes”. Un sector muy amplio del madridismo apuesta por un equipo intenso, agresivo, guerrero. Por defender y salir. Por la figura de Pepe como “stopper”. Su contusión muscular agita a los hinchas blancos, que desean convertir al grandioso central portugués en el “anticristo” blaugrana. Los defensores de esta postura acuden a la final de Copa.
Todos caemos en el “resultadismo” cuando analizamos un partido, y es incuestionable que aquella preciosa final la ganó el Madrid. También que el derroche físico de la primera parte ahogó a los “jugones” del Barcelona. Pero igual de incuestionable es que los últimos 25 minutos de la segunda mitad fueron un monólogo azulgrana, que el insoportable desgaste físico casi “revienta” al Madrid, que los merengues tuvieron que acudir a ese gen intrínseco que en muchas ocasiones convierte la épica en su principal virtud. Este Real Madrid tiene demasiadas virtudes como para fiar la gloria a esa manera de jugar.
Los hinchas que se agrupan bajo el paraguas del movimiento “Estoy harto de las alabanzas que recibe el Barcelona porque parece que han inventado el fútbol y a nosotros nos aburre porque nos gusta más el fútbol directo” acuden al 5-0 de la temporada pasada para enterrar el fútbol ofensivo del Madrid. Xabi Alonso, Khedira, Di María, Ozil, Cristiano y Benzema. Así compareció Mourinho en su primer choque contra el eterno enemigo. Asisto alucinado a muchos análisis que explican que el Madrid se llevó una “manita” porque jugó “de tú a tú”. Mentira. De las gordas. “Cicaterismo” llevado a la versión más dura. Aquel lejano noviembre de 2010 el Real Madrid salió acomplejado, entregado, indolente. No fue ni ofensivo ni defensivo. No fue nada. Por eso un gran equipo con altísimas dosis de motivación lo pasó por encima.
El Barça enamora. El Madrid devora. Los de Mourinho suman 93 goles en 28 partidos (Liga, Copa de Europa y Copa del Rey). Veneno mortal. Aplastan. Es un equipo que lo tiene todo: físico, compromiso, intensidad, verticalidad, talento, gol, portero, entrenador. Todo. Y todo del máximo nivel, de una calidad superlativa. Me asombra el complejo con el que afronta los partidos contra el Barcelona. Madridistas de pro alaban la propuesta de un Pepe (Mel) en el Camp Nou mientras ruegan al “jefe” portugués que otro Pepe sea mediocampista. Contradicción. Aunque es tal la devoción por Mourinho que si decidiera salir con 7 defensas (o 7 delanteros) el madridismo aplaudiría su propuesta sin ambages.
Entre el “morder” y el “tú a tú” existe un término medio. Ese término medio es un cajón en el que caben la intensidad, la presión y el talento. Ingredientes obligados para un equipo que pelea por ser el mejor, el número 1. “Mourinho es el mejor entrenador del mundo”, repite Florentino Pérez cada vez que se refiere a su Manager General. El club lo fichó para ganar títulos. Para encontrar la receta. Sin matices, sin excusas, sin conspiraciones, sin quejas. Le han dado todo para conseguirlo. Y él presenta el currículum adecuado para lograrlo.
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