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La bandera de la torpeza

El himno. Una pieza que durará 27 segundos (versión corta) y que sonará por la megafonía del estadio Vicente Calderón el viernes a las 21.55 horas. Del himno hablan todos, incluso aquellos que sólo se acercan al fútbol para intoxicarlo con sus proclamas políticas. Podemos darle cien giros a esta historia, pero pitar un himno no es una cuestión política, ni siquiera un alarde independentista. Es, simplemente, una falta de respeto y de educación, dos cualidades de las que adolece demasiada gente en este país.

Porque nadie puede obligar a nadie a sentir un himno. Pero todos debemos exigir a todos respetar cualquier himno. Me avergüenza escuchar repetidamente en partidos internacionales como parte de la hinchada española abuchea el himno rival, ya sea el turco en un amistoso en el Bernabéu o la “Marsellesa” en el Mundial de Alemania 2006. Es una “paletada”. Como lo sería, por poner un ejemplo, irrumpir en un acto organizado por la “Generalitat” silbando a todo trapo la interpretación de “Els segadors”.

La libertad de expresión de cada uno de nosotros finaliza donde empieza la de los demás. Eso es sagrado. Yo no me puse a abuchear a Julio José Iglesias cuando “perpetró” una canción en el Musical de “Grease”. Ni me levanté de mi asiento en el cine viendo “Torrente 4” para gritar que la peli era 845 veces peor que la primera. Ni le cojo por el cuello al dueño de un “garito” por poner una canción que no me gusta. Tampoco censuro a un taxista en voz alta si en vez de sintonizar en su radio el Partido de la Una Edición Sábado prefiere optar por Radio Olé. Respeto. Educación. ¿De verdad es tan difícil?

Esta semana he escuchado a Esperanza Aguirre abogar por la suspensión de la final en caso de que el himno de España sea abucheado. La Presidenta de la Comunidad de Madrid no ha medido que eso sería inadmisible desde el punto de vista de la seguridad y el orden público. Y es que en demasiadas ocasiones los políticos no reparan en nada más que el mensaje que les interesa transmitir a la opinión pública. Esta semana he tenido que aguantar las delirantes declaraciones de “politicuchos” de medio pelo llamando al independentismo más rancio y casposo. Sólo se inmiscuyen en el deporte para lanzar sus proclamas políticas. Por no aparecer, no lo hacen ni cuando hay votaciones en el Congreso de los Diputados. Esta semana también he escuchado a Sandro Rosell demandar el derecho a la libertad de expresión de la afición del FC Barcelona. Mensaje demasiado tibio el del presidente culé, que desde su privilegiada posición debería haber solicitado respeto para todos. Una vez más, políticos y mandamases varios han demostrado su incapacidad para enviar un mensaje prudente a una parroquia demasiado radicalizada y excitada.

Que cada uno sienta el himno y la bandera que quiera. Y que respete todos los demás. Cualquier bandera es válida siempre y cuando no sirva para distanciar, violentar y embrutecer a los seres humanos. Mientras tanto, muchos de los que nos representan y nos mandan sólo son capaces de enarbolar una bandera, la bandera de la torpeza. Ni siquiera son capaces de ponerle a esa bandera un himno que suene bonito.

Escrito por Carlos Sánchez Blas el 24/05/2012
 
 
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