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Juguemos a jugar

Hace unos días leí en la revista Panenka el artículo de Axel Torres Fútbol, ¿espectáculo o democracia? En el escrito se profundiza sobre la necesidad de conjugar un fútbol de primer nivel con el que practican aquellos deportistas que no copan las portadas de L´ Équipe. El caso es que el artículo me hizo reflexionar y pensar en varias cosas, todas ellas edulcoradas por los daños colaterales de la nostalgia congénita.

Siempre he creído que el periodista deportivo, al igual que el futbolista frustrado que se convirtió en entrenador mediocre, tiene un ápice de fascinación hacia lo más básico. Al fin y al cabo, esto consisten en contar historias y la mayoría están donde no podemos apreciarlas. El aroma a fútbol modesto, como el de la mujer u hombre despampanante, es embriagador y transmitir sentimientos es algo así como jugar en Wembley.

Los grandes focos nos alejan continuamente del equipo de nuestro barrio, un mal endémico cada vez más extendido. Personalmente me resulta chocante cuando se critica a un medio de comunicación por no ofrecer información más allá de Madrid o Barça. Claro que llevan razón y que hay contenidos alternativos, pero el panorama de los campos humildes es cada vez más desolador. No les culpo, simplemente creo que la globalización nos deja un deporte con una competencia aún más oligopolística.

Los poderosos piensan cada vez menos en el espectador, y éste queda cada vez en una situación más precaria. Bienaventurados aquellos que aún acudan a ver al equipo del pueblo. ¿Qué le quedaría a ese equipo sin esos hinchas? ¿Cuál sería el apego con esa ciudad de un habitante medio?  En Martín (Hache), la fantástica película de Adolfo Aristarain protagonizada por Federico Luppi, nos encontramos con una de las frases célebres del cine. “Uno se siente parte de muy poca gente; tu país son tus amigos, y eso sí se extraña, pero se pasa”.

No creo en esos nacionalismos desaforados que ciegan a los que lo padecen. Patentar un equipo de fútbol bajo las siglas de un partido político o de una ideología es tenerle poco amor a tu club. No sé si como decía en la película Martín Echenique “la patria es un invento”, pero mi equipo no lo es. Además de los amigos, a mí me une a mi pueblo mi equipo, no la obra faraónica del alcalde de turno. La única bandera que llevo grabada es la sentimental y está grabada casi por genética.

Quizá sea la compasión  la que eleve a la ternura al altar que merece. Puede que sean traumas mal cerrados y que broten por no haber llegado a ser futbolista, pero acudir a un campo de tierra tiene un componente de satisfacción personal difícil de alcanzar. Como escribió el jefe Antonio Fuentes en verano, la tierra ha vuelto a Preferente. Villaverde, Orcasitas y La Resaca disputan sus partidos como local en campos de tierra. Ojalá que esos equipos puedan jugar pronto en césped artificial, mientras tanto disfrutemos del fútbol de antaño, de las botas Munich y del balón Mikasa.

“Yo no sería de mi equipo si no supiera que mi abuelo sufrió por esos colores”, escribe Axel Torres en el artículo. A ninguno de mis abuelos le ha gustado nunca el fútbol. Uno volvió traspuesto de Argentina tras ver la facilidad con la que allí discutían por un tema tan banal como el fútbol, e incluso pensaba que se trataba de un arma de los más poderosos. Sin ninguna duda la pelota es la cosa más intranscendente de aquellas a las que le damos importancia, pero es la travesía más corta hacia la felicidad.

Escrito por Aitor Fernández Rodríguez el 09/02/2012
 
 
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