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El grito de Munch

El Leganés, a través de su gabinete de comunicación, ha inundado Twitter con la etiqueta #Leganésnoserinde. Una forma de dar vida a un club al que ahora mismo sólo le salva de los puestos de descenso el golaverage. Doce partidos le quedan a los pepineros para agarrarse al halo de vida que les queda con tal de no correr la misma suerte que el Pontevedra la pasada temporada. Se acabaron los sueños, ya no queda hueco para pensar que a éste equipo le condenó la suerte o que con dos victorias se engancha al tren de arriba. El compromiso lleva el número en la espalda y juega cada domingo.


“No quería que los jugadores sintieran responsabilidad transcendental ni deber patriótico, antes de la final del Mundial. Por eso les dije que defendían al fútbol, a su profesión y a su pasión”, la frase es de Vicente del Bosque y está recogida en Palabra de entrenador, el libro de Orfeo Suárez. Sería cínico que ahora les recordase a la plantilla la calidad de los jugadores que han pasado por aquí, los años de historia del club o el número de habitantes de la ciudad, todo ello ya lo saben.

Quizá hastío sea la palabra que mejor defina la situación de los jugadores a día de hoy. Al igual que los aficionados, los jugadores no se esperaban estar como están. La situación es insoportable para unos futbolistas a los que se le debe exigir compromiso y ganas por sacar adelante una historia que sólo será recordada si su final es trágico. Pero los protagonistas siguen siendo aquellos apuestos caballeros que a principio de temporada alzaban sus lanzas el cielo en señal de combate, y que ahora se encuentran en duelo.

Cualquier comparación es odiosa, pero el Leganés me recuerda al Villareal. Los dos ocupan situaciones muy por debajo de lo esperado; nada nuevo en el deporte, un baúl de sorpresas contantes. Los castellonenses, tras años muy buenos, perdieron a Cazorla, su mejor activo, y esta temporada no terminan de carburar. Cada semana que pasaba se creía que remontaría el vuelo, y que esa situación quedaría en algo pasajero. Como la del Leganés, pero a medida que se va acercando el final del campeonato todo se va haciendo insostenible y las caras de preocupación pasan a ser  trazos de miedo, como si de El grito de Munch se tratase.

¿A qué se debe esta situación? Posiblemente es algo a lo que ni los propios psicólogos o entrenadores encuentren respuesta. Para el que compite por no estar abajo, es muy cómoda la situación de estar arriba. Le sucede al Levante o al Carabanchel en nuestra comunidad, jugar sin presión quizá haga florecer lo mejor de cada equipo. Justo al contrario para aquellos que debiendo ocupar una posición ventajosa se encuentran abajo. El miedo es mayor para el que no está acostumbrado a verlas tan crudas, y eso que te gusta pasa a convertirse en un lastre.

El Leganés, siguiendo la estela de Javier Illana, deportista de la ciudad y que competirá en la modalidad de saltos de tres metros en Londres 2012, ha pasado de tirarse del trampolín sin miedo a refugiarse como el Villareal en su propio submarino. Conocido es por todos, ya se encargaba el grupo Los Refrescos de recordárnoslo, que Madrid no tiene playa. A falta de ella, tenemos que conformarnos con el río Manzanares o el arroyo Butarque, en el que para bien y para mal, no cabe ningún “submarino blanquiazul”. Porque por cada bacteria de apatía y contagio que intoxique a la plantilla, siempre habrá alguien para recordarles que #Leganésnoserinde.

Escrito por Aitor Fernández Rodríguez el 29/02/2012
 
 
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